1. Leo Olmo — La llegada
Puerto de Figueras. Domingo, 12 de marzo, 23:47 h.
Leo Olmo descendió del autobús con el cuello rígido y los ojos cansados
de tanto repasar sus notas. Había pasado las últimas doce horas en una
postura incómoda, negándose a dormir, temiendo que la verdad se le
escapase entre sueños. El aire húmedo lo envolvió de inmediato,
pegajoso, cargado con ese olor a salitre y a madera que solo existe en los
pueblos donde el mar manda más que las personas. Ajustó la correa de la
mochila y avanzó, con la determinación silenciosa de quien sabe que este
viaje hacia el norte es un punto sin retorno.
Como periodista de investigación, Leo había forjado su reputación en
los silencios ajenos. Fue precisamente su obsesiva cobertura del caso
Clara, una desaparición que comenzó años atrás en Málaga y derivó en
los misterios del norte, lo que le hizo ganar fama y perder el sueño.
Había dejado atrás Málaga, el calor y la familiaridad de su redacción,
porque una corazonada —la misma que le había metido en problemas
hace años— lo arrastraba de nuevo hacia el norte.
En el primer caso, el de las niñas llamadas Clara, Leo había estado en
el lugar, trabajando codo con codo con la policía y, de forma indirecta,
con los hermanos Lázaro: Iván y Luna . Había visto de cerca cómo esa
oscuridad casi destruye a toda una comunidad. El caso se había cerrado,
pero la respuesta nunca le había parecido del todo real. Luego vino Lara,
la joven que desapareció después, que muchos vieron como una
imitación macabra. Y por último, Mateo.
En cada entrevista reciente, en cada silencio incómodo de los testigos
de esta ría, Leo había percibido un mismo latido, un rumor subterráneo
que lo empujaba hacia este punto envuelto en bruma, buscando patrones
que nadie más veía. El ciclo, como él lo llamaba, había vuelto a empezar.
El pueblo dormía cuando salió de la estación de autobuses, pero el
puerto estaba despierto a su manera. Los mástiles de los barcos
chocaban suavemente entre sí, tintineando como campanas de
advertencia. Algún pescador tardío recogía sus redes bajo la luz
amarillenta de un farol, ignorando la presencia del recién llegado. Más
allá, la negrura del agua parecía tragarse cualquier cosa que se atreviera a
mirarla demasiado tiempo.
Leo encendió su grabadora de voz y la sostuvo cerca de la boca.
—La historia que nadie quiso contar —susurró, con un temblor
apenas perceptible en la voz—. La historia de cómo la verdad se disfraza
de accidente, empieza aquí. He vuelto por la deuda.
Guardó un silencio, escuchando el crujido de las tablas húmedas bajo
sus zapatos. La grabadora siguió encendida, captando también el
repiqueteo insistente de la lluvia fina, ese orballo como lo llaman en esta
zona que comenzaba a caer. Abrió su bloc y anotó, con letra rápida y
nerviosa, la tinta corriendo ligeramente sobre el papel: El ciclo nunca
terminó. Tal vez nunca empezó del todo. Hay una conexión entre Clara,
Lara y Mateo. La marusía.
Un ruido metálico, seco y cortante, lo hizo girar de golpe. En la
niebla densa que se arremolinaba sobre la ría, creyó distinguir una silueta
inmóvil al otro lado: alta, delgada, con un contorno imposible de
precisar. Un espejismo de la noche, se dijo, pero el corazón le martilleaba
en el pecho. Parpadeó y la figura ya no estaba. Una descarga de
adrenalina le erizó los brazos. No podía asegurarlo, pero la sensación de
ser observado lo acompañó el resto del camino hasta el muelle.
Se detuvo en el extremo, donde el olor a podredumbre era más
fuerte. El agua golpeó con violencia las rocas, devolviéndole un eco que
sonaba como un gemido ahogado. Leo tragó saliva y grabó una última
nota, su voz ahora un susurro ronco, casi una confesión:
—No es el mar, lo sé… es lo que llama desde él. Y por el rastro que
he encontrado, no quiere que me vaya.
El viento barrió sus palabras y las arrastró hacia la oscuridad de la ría.
Leo no lo sabía, pero aquella sería la última vez que su voz quedaría
registrada.
Marusía.
Es la certeza de que el viaje no conduce al destino que imaginamos, sino al lugar en el
que alguien —o algo— ya nos está esperando
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